INTERVIEW SERIES *especial* #13: Alejandra Freile

04.06.2017

Hoy les comparto algo diferente a los interview series que vengo publicando. Esta es la historia de alguien muy cercana a mi, mi mejor amiga, con quien he tenido la suerte de compartir, de lejos y cerca, más de 9 años. Ella es mi spiritual running buddy- siempre decimos que si alguien leyera nuestras conversaciones de whatsapp pensaría que estamos locas. Siempre hablando de meditación, amor propio, agradecimientos, metas, energías, suplementos, aceites esenciales, psicólogos, enfermedades emocionales, nutrición, nuestras debilidades, nuestras fortalezas, ejercicio, el universo.... Queda corto decir que podernos acompañar en este camino con altos y bajos es algo por lo que agradezco siempre, y no puede hacerme más feliz verle recuperada y repartiendo TANTO amor con todos los que le rodean. Su valentía, humildad, amor, gratitud y luz son contagiosos. Les dejo un blog sobre su historia. 

 

 

 

 

 

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Me despierto: me cuesta levantarme de la cama, mi respiración es un lento ahogo. Trepo fuera las cobijas—mucho más cobijas de lo que una persona normal usaría—y me dirijo a la pesa que tengo en mi baño.  82 libras—un nuevo éxito. Por un momento me siento feliz, pero solo por un momento, porque la felicidad es algo muy efímero hoy para mí. Me da miedo salir de mi cuarto, vayan a ver que se me cae el pantalón de pijama y que mis brazos son dos palos esqueléticos. Escucho atenta quien está afuera—será que alguien está en la cocina? Será que está el área libre para mí? Mi mayor temor es que haya alguien en la mesa de desayuno, y que no pueda comerme mi manzana con tranquilidad; que me vea obligada a comer algo más.

 

Salgo cautelosa, y me dirijo a mi desayuno. Tengo que disfrutar este momento: el momento del día en que más calorías consumo, es sagrado para mí.

 

Luego de mi ritualístico desayuno, me pongo licra y salgo a mi trote diario. No tengo fuerzas, me duelen las piernas y mis pulmones se llenan con dificultad, pero aún así, no tengo excusas para no correr mis 12 kilómetros diarios.

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Así, básicamente, fueron mis mañanas por muchos meses. Muchos meses en los que me pesaba más la tristeza que los músculos, que mi barriga se llenaba más de odio que de alimento. Meses en los que me consumió el egoísmo y la confusión. No egoísmo por ser mala persona, sino por un temor sobrecogedor que me nublaba el alma. Así, así se pinta la anorexia.

           

Podría seguir contándoles a detalle mis días, mis hábitos, mi rigidez, pero basta con decirles que esta etapa de mi vida fue muy dolorosa, que los trastornos alimenticios no ocurren por un capricho de vanidad y que toma mucho tiempo salir de ellos. Me alejé de personas muy importantes de mi vida y causé mucho dolor a las que siguen aquí conmigo. La anorexia no solo la sufre una persona, sino todas aquellas que le rodean. Y para salir de ahí—aparte de energía mental y física, de psicólogos, nutricionistas, libros, de suspender la vida académica y profesional, de médicos y muchos exámenes—lo que más más más se necesita, es el amor incondicional de las personas que te quieren.

 Yo les puedo decir, hoy, que la anorexia me ha hecho una persona más fuerte, que tuve que llegar hasta el fondo de los fondos para “renacer” y que maduré emocional y psicológicamente; pero también les puedo decir que no hubiera logrado nada de esto sin ese amor constante, arduo, profundo y sincero de mi mamá. A ella le debo el estar así como estoy ahora. A ella, a mis hermanos, a mis amigos y a mi novio. Lo que más te nutre (física y emocionalmente) es el calor que te brindan las personas. Ese calor que poco a poco va derritiendo ese escudo que te pusiste y que te mantenía aislada de la realidad, en un sufrimiento solitario y frio.

 

Ahora, sentada en la computadora escribiendo esto, siento el estómago lleno, lleno de comida que preparé entre risas y conversaciones cotidianas con mi mamá. Comida que me llena no solo de nutrientes y de energía vital, sino de cariño, alegría, paz, compasión y receptividad. Comida que me nutre el alma, que me hace una persona funcional, una persona que aporta su granito de arena en este mundo. Hoy, les puedo decir desde lo más fondo de mi alma, estoy más feliz que nunca. Puedo sentir tan cerca mío a las personas, puedo conectarme con sus emociones, con lo que sienten, con lo que piensan, y entregarme a ellas plenamente. Puedo amar apasionadamente, y puedo cuidar de los que más me importan. Hoy, mi vida fluye y sigo al compás de mi energía, porque no estoy peleando en contra corriente como lo hice por años de mi vida. Hoy, le agradezco al universo por mi transcurso, por mi camino, por esa dura trayectoria, que me llevó a ser la persona que soy ahora. Una persona con ganas de comerse el mundo, en todo sentido.

 

 

Alejandra Freile

 

 

 

 

 

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